El mundo de los desechables, por Eduardo Galeano

El mundo de los desechables es un escrito de Eduardo Galeano que nos muestra c贸mo las grandes corporaciones atentan contra los derechos de los trabajadores.

El mundo de los desechables, por Eduardo Galeano

En este escrito, Eduardo Galeano denuncia con preocupaci贸n c贸mo las grandes corporaciones atentan contra el derecho fundamental proclamado por las Naciones Unidas: la libertad de asociaci贸n.

Denuncia, el maltrato y la explotaci贸n laboral por parte de estas grandes corporaciones hacia sus empleados, esto, contrastado a su alto volumen de ganancias econ贸micas y reconocimiento global.

Tambi茅n, critica fuertemente la inequidad tan marcada que existe con los salarios. Le preocupa c贸mo los pobres del mundo siguen proporcionando mano de obra barata para la producci贸n de productos baratos.

Creo que hay que pelear contra el miedo, que se debe asumir que la vida es peligrosa y que eso es lo bueno que la vida tiene para que no se convierta en un mortal aburrimiento. Eduardo Galeano.

Texto del escritor uruguayo, Eduardo Galeano, le铆do a un grupo de estudiantes.

M谩s de noventa millones de clientes acuden, cada semana, a las tiendas Wal-Mart. Sus m谩s de novecientos mil empleados tienen prohibida la afiliaci贸n a cualquier sindicato. Cuando a alguno se le ocurre la idea, pasa a ser un desempleado m谩s. La exitosa empresa niega sin disimulo uno de los derechos humanos proclamados por las Naciones Unidas: la libertad de asociaci贸n. El fundador de Wal-Mart, Sam Walton, recibi贸 en 1992, la Medalla de la Libertad, una de las m谩s altas condecoraciones de los Estados Unidos.

Uno de cada cuatro adultos norteamericanos, y nueve de cada diez ni帽os, engullen en McDonald鈥檚 la comida pl谩stica que los engorda. Los trabajadores de McDonald鈥檚 son tan desechables como la comida que sirven: los pica la misma m谩quina. Tampoco ellos tienen el derecho de sindicalizarse.

En Malasia, donde los sindicatos obreros todav铆a existen y act煤an, las empresas Intel, Motorola, Texas Instruments y Hewlett Packard lograron evitar esa molestia. El gobierno de Malasia declar贸 union free, libre de sindicatos, el sector electr贸nico.
Tampoco ten铆an ninguna posibilidad de agremiarse las ciento noventa obreras que murieron quemadas en Tailandia, en 1993, en el galp贸n trancado por fuera donde fabricaban los mu帽ecos de Sesame Street, Bart Simpson y Los Muppets.

En sus campa帽as electorales del a帽o 2000, los candidatos Bush y Gore coincidieron en la necesidad de seguir imponiendo en el mundo el modelo norteamericano de relaciones laborales. 鈥淣uestro estilo de trabajo鈥, como ambos lo llamaron, es el que est谩 marcando el paso de la globalizaci贸n que avanza con botas de siete leguas y entra hasta en los m谩s remotos rincones del planeta.
La tecnolog铆a, que ha abolido las distancias, permite ahora que un obrero de Nike en Indonesia tenga que trabajar cien mil a帽os para ganar lo que gana en un a帽o un ejecutivo de Nike en los Estados Unidos.

Es la continuaci贸n de la 茅poca colonial, en una escala jam谩s conocida. Los pobres del mundo siguen cumpliendo su funci贸n tradicional: proporcionan brazos baratos y productos baratos, aunque ahora produzcan mu帽ecos, zapatos deportivos, computadoras o instrumentos de alta tecnolog铆a adem谩s de producir, como antes, caucho, arroz, caf茅, az煤car y otras cosas malditas por el mercado mundial.

Desde 1919, se han firmado 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo. Seg煤n la Organizaci贸n Internacional del Trabajo, de esos 183 acuerdos, Francia ratific贸 115, Noruega 106, Alemania 76 y los Estados Unidos鈥 catorce. El pa铆s que encabeza el proceso de globalizaci贸n s贸lo obedece sus propias 贸rdenes. As铆 garantiza suficiente impunidad a sus grandes corporaciones, lanzadas a la cacer铆a de mano de obra barata y a la conquista de territorios que las industrias sucias pueden contaminar a su antojo. Parad贸jicamente, este pa铆s que no reconoce m谩s ley que la ley del trabajo fuera de la ley es el que ahora dice que no habr谩 m谩s remedio que incluir 鈥渃l谩usulas sociales鈥 y de 鈥減rotecci贸n ambiental鈥 en los acuerdos de libre comercio. 驴Qu茅 ser铆a de la realidad sin la publicidad que la enmascara?

Esas cl谩usulas son meros impuestos que el vicio paga a la virtud con cargo al rubro relaciones p煤blicas, pero la sola menci贸n de los derechos obreros pone los pelos de punta a los m谩s fervorosos abogados del salario de hambre, el horario de goma y el despido libre. Desde que Ernesto Zedillo dej贸 la presidencia de M茅xico, pas贸 a integrar los directorios de la Union Pacific Corporation y del consorcio Procter & Gamble, que opera en 140 pa铆ses. Adem谩s, encabeza una comisi贸n de las Naciones Unidas y difunde sus pensamientos en la revista Forbes: en idioma tecnocrat茅s, se indigna contra 鈥渓a imposici贸n de est谩ndares laborales homog茅neos en los nuevos acuerdos comerciales鈥. Traducido, eso significa: olvidemos de una buena vez toda la legislaci贸n internacional que todav铆a protege a los trabajadores. El presidente jubilado cobra por predicar la esclavitud. Pero el principal director ejecutivo de General Electric lo dice m谩s claro: 鈥淧ara competir, hay que exprimir los limones鈥. Y no es necesario aclarar que 茅l no trabaja de lim贸n en el reality show del mundo de nuestro tiempo.

Ante las denuncias y las protestas, las empresas se lavan las manos: yo no fui. En la industria posmoderna, el trabajo ya no est谩 concentrado. As铆 es en todas partes, y no s贸lo en la actividad privada. Los contratistas fabrican las tres cuartas partes de los autos de Toyota. De cada cinco obreros de Volkswagen en Brasil, s贸lo uno es empleado de la empresa. De los 81 obreros de Petrobras muertos en accidentes de trabajo a fines del siglo XX, 66 estaban al servicio de contratistas que no cumplen las normas de seguridad. A trav茅s de trescientas empresas contratistas, China produce la mitad de todas las mu帽ecas Barbie para las ni帽as del mundo. En China s铆 hay sindicatos, pero obedecen a un estado que en nombre del socialismo se ocupa de la disciplina de la mano de obra: 鈥淣osotros combatimos la agitaci贸n obrera y la inestabilidad social, para asegurar un clima favorable a los inversores鈥, explic贸 Bo Xilai, alto dirigente del Partido Comunista chino.

Los derechos de los trabajadores: 驴un tema para arque贸logos?El poder econ贸mico est谩 m谩s monopolizado que nunca, pero los pa铆ses y las personas compiten en lo que pueden: a ver qui茅n ofrece m谩s a cambio de menos, a ver qui茅n trabaja el doble a cambio de la mitad. A la vera del camino est谩n quedando los restos de las conquistas arrancadas por tantos a帽os de dolor y de lucha.

Las plantas maquiladoras de M茅xico, Centroam茅rica y el Caribe, que por algo se llaman 鈥渟weat shops鈥, talleres del sudor, crecen a un ritmo mucho m谩s acelerado que la industria en su conjunto. Ocho de cada diez nuevos empleos en la Argentina est谩n 鈥渆n negro鈥, sin ninguna protecci贸n legal. Nueve de cada diez nuevos empleos en toda Am茅rica latina corresponden al 鈥渟ector informal鈥, un eufemismo para decir que los trabajadores est谩n librados a la buena de Dios. La estabilidad laboral y los dem谩s derechos de los trabajadores, 驴ser谩n de aqu铆 a poco un tema para arque贸logos? 驴No m谩s que recuerdos de una especie extinguida?

En el mundo al rev茅s, la libertad oprime: la libertad del dinero exige trabajadores presos de la c谩rcel del miedo, que es la m谩s c谩rcel de todas las c谩rceles. El dios del mercado amenaza y castiga; y bien lo sabe cualquier trabajador, en cualquier lugar. El miedo al desempleo, que sirve a los empleadores para reducir sus costos de mano de obra y multiplicar la productividad, es, hoy por hoy, la fuente de angustia m谩s universal. 驴Qui茅n est谩 a salvo del p谩nico de ser arrojado a las largas colas de los que buscan trabajo? 驴Qui茅n no teme convertirse en un 鈥渙bst谩culo interno鈥, para decirlo con las palabras del presidente de la Coca-Cola, que explic贸 el despido de miles de trabajadores diciendo que 鈥渉emos eliminado los obst谩culos internos鈥?

Y en tren de preguntas, la 煤ltima: ante la globalizaci贸n del dinero, que divide al mundo en domadores y domados, 驴se podr谩 internacionalizar la lucha por la dignidad del trabajo? Menudo desaf铆o.